martes, 27 de octubre de 2015

La sociedad de clases y el Estado; Lenin, 1917


El Estado, producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase

Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para «consolar» y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante «arreglo» del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que eso parece ser aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy –bromas aparte– «marxistas». Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx «nacional-alemán» que, según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiña!

Ante esta situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el Estado. Para esto es necesario citar toda una serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las citas largas hacen la exposición pesada y en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo punto imposible prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más completo posible todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta una noción del conjunto de las ideas de los fundadores del socialismo científico y del desarrollo de estas ideas, así como también para probar documentalmente y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas ideas por el «kautskismo» hoy imperante.

Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: «El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado», de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta edición. Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con ser tan numerosas, son en gran parte incompletas o están hechas de un modo muy defectuoso.

«El Estado –dice Engels, resumiendo su análisis histórico– no es, en modo alguno, un poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco la realidad de la idea moral, la imagen y la realidad de la razón, como afirma Hegel. El Estado es más bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado consigo misma en una contradicción insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso se hizo necesario un poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del «orden». Y este poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es el Estado». (Friedrich Engels; «El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado», 1884)

Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. El Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.

En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones fundamentales. De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses, obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, «corrigen» a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos –que invocan a cada paso en actitud benévola a Marx– resulta que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del «orden» que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores.

Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del papel del Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico, como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la teoría pequeñoburguesa de la «conciliación» de las clases «por el Estado». Hay innumerables resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina y filistea de la «conciliación». Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda –con la clase contrapuesta a ella–, es algo que esta democracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender. La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera alguna socialistas –lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado–, sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.

De otra parte, la tergiversación «kautskiana» del marxismo es bastante más sutil. «Teóricamente», no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni que las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que «se divorcia cada vez más de la sociedad», es evidente que la liberación de la clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel «divorcio». Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara por sí misma, con la precisión más completa, a base del análisis histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión es precisamente –como expondremos con todo detalle en las páginas siguientes– la que Kautsky ha «olvidado» y falseado.

Los destacamentos especiales de fuerzas armadas, las cárceles, etc.

«En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias –de tribu o de clan– el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación de sus súbditos según las divisiones territoriales. A nosotros, esta agrupación nos parece natural, pero ella exigió una larga lucha contra la antigua organización en gens o en tribus. La segunda característica es la instauración de un poder público, que ya no coincide directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza armada. Este poder público especial se hace necesario porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población. Este poder público existe en todo Estado; no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía». (Friedrich Engels; «El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado», 1884)

Los cambios en las relaciones de clase y nuestras discrepancias; Stalin, 1929


«¿En qué consisten nuestras discrepancias? ¿A qué cuestiones se refieren?

Se refieren, ante todo, a los cambios en las relaciones de clase que se vienen produciendo últimamente en nuestro país y en los países capitalistas. Ciertos camaradas piensan que las discrepancias existentes en nuestro partido tienen un carácter casual. Esto es falso, camaradas, absolutamente falso. Las discrepancias existentes en el seno de nuestro partido provienen de los cambios operados en las relaciones de clase, se deben al recrudecimiento de la lucha de clases que se viene produciendo en estos últimos tiempos y que determina un viraje en la marcha de las cosas.

El error fundamental del grupo de Bujarin consiste en no ver estos cambios operados en las relaciones y este viraje, en no verlos y no querer advertirlos. Eso explica, en realidad, su incomprensión de las nuevas tareas del partido y de la Komintern, incomprensión que constituye el rasgo característico de la oposición bujarinista.

¿Habéis observado, camaradas, cómo, en sus discursos ante el Pleno del Comité Central y de la Comisión de Control Central, los dirigentes de la oposición bujarinista han eludido en absoluto el problema de los cambios en las relaciones de clase ocurridos en nuestro país, no han dicho ni una palabra acerca del recrudecimiento de la lucha de clases y no han aludido siquiera de pasada a la relación que guardan nuestras discrepancias precisamente con este recrudecimiento de la lucha de clases? Han hablado de todo; han hablado de filosofía y de teoría; pero no han dicho ni una palabra de los cambios en las relaciones de clase, que son los que determinan la orientación y la actuación práctica de nuestro partido en el momento actual.

¿A qué obedece este hecho tan peregrino? ¿Se deberá al olvido? ¡Naturalmente que no! Los políticos no pueden olvidar lo principal. La cosa obedece a que no ven ni comprenden los nuevos procesos revolucionarios que se están produciendo en la actualidad, tanto en nuestro país como en los países capitalistas. La cosa obedece a que se les ha escapado lo fundamental, a que no advierten esos cambios en las relaciones de clase que no se le deben escapar al político. Ello explica, principalmente, la perplejidad y la indefensión de que la oposición bujarinista da pruebas ante las nuevas tareas de nuestro partido.

Recordad los últimos acontecimientos producidos dentro de nuestro partido. Recordad las consignas que nuestro partido lanzó últimamente en razón de los nuevos cambios de las relaciones de clase operados en nuestro país. Me refiero a consignas como la de autocrítica, como la de intensificación de la lucha contra el burocratismo y de depuración del aparato soviético, la de capacitación de nuevos cuadros dirigentes de la economía y de especialistas rojos, la de fortalecimiento del movimiento koljósiano y sovjósiano, la de ofensiva contra el kulak, la de reducción del precio de coste y la de mejoramiento radical de la labor práctica de los sindicatos, la de depuración del partido, etc. Para ciertos camaradas, estas consignas eran sorprendentes y desconcertantes, cuando se ve a las claras que son las consignas más necesarias y más oportunas del partido en el momento presente.

La cosa comenzó cuando, en relación con el asunto de Shajti [Se refiere a la labor subversiva de la organización contrarrevolucionaria de especialistas burgueses quede 1923 a 1928 actuó en Shajti y en otros distritos de la cuenca del Donetz - Anotación de la Edición], planteamos de un modo nuevo el problema de los nuevos cuadros dirigentes de la economía, el problema de la formación de especialistas rojos, salidos de la clase obrera, para sustituir a los viejos técnicos.

¿Qué ha revelado el asunto de Shajti? Ha revelado que la burguesía no está, ni mucho menos, aplastada; que organiza y seguirá organizando el sabotaje contra nuestra edificación económica; que nuestras organizaciones económicas y sindicales y, en parte, las organizaciones de nuestro partido no advertían la labor de zapa de nuestros enemigos de clase y que, por tanto, era necesario fortalecer y perfeccionar nuestras organizaciones, por todos los medios y poniendo a contribución todas las fuerzas, y desarrollar y fortalecer su vigilancia de clase.

Con este motivo se hacía hincapié en la consigna de autocrítica. ¿Por qué? Porque no es posible mejorar nuestras organizaciones económicas, sindicales y del partido, no es posible impulsar la edificación del socialismo y poner coto al sabotaje de la burguesía, sin desplegar al máximo la crítica y la autocrítica, sin poner bajo el control de las masas la labor de nuestras organizaciones. Es un hecho que el sabotaje no se manifestaba ni se sigue manifestando sólo en las zonas hulleras, sino también en la metalurgia, en la industria de guerra, en el Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, en la industria del oro y del platino, etc., etc. De ahí la consigna de la autocrítica.

Además, teniendo en cuenta las dificultades del acopio de cereales y los ataques de los kulaks contrala política soviética de precios, planteamos con firmeza la necesidad de impulsar por todos los medios la formación de koljóses y sovjóses, la ofensiva contra el kulak y la organización del acopio de cereales, presionando, a este fin, sobre los kulaks y los elementos acomodados del campo.

Una breve incursión en la historia de los revisionistas titoistas; Enver Hoxha, 1978


«La guerra de liberación nacional de Yugoslavia bajo la dirección del Partido Comunista de Yugoslavia encarna el coraje y la valentía del pueblo yugoslavo, así como la honestidad de los auténticos comunistas de Yugoslavia. Durante esta lucha, sin embargo, ciertas tendencias dudosas aparecieron dentro de los dirigentes yugoslavos lo que hacía pensar que, en su actitud hacia la alianza antifascista de la Unión Soviética, los Estados Unidos y Gran Bretaña, el grupo de Tito se inclinaría hacia los anglo-americanos, sospechas que se convirtieron en algo claro más adelante. En ese momento, se observó que el liderazgo titoista mantuvo contactos muy estrechos con los aliados occidentales, especialmente con los británicos, de quienes recibió una amplia ayuda financiera y militar. Asimismo, el acercamiento político evidente entre Tito y Churchill y sus negociadores [Tito tuvo una entrevista con Churchill en Nápoles en agosto de 1944. Encontró allí también al comandante de las fuerzas aliadas en el Mediterráneo, el general Wilson, así como el comandante dado la octava armada, el mariscal Alexandre – Anotación de E. H.]

Esto se hizo evidente en momentos en que la guerra de liberación nacional de Yugoslavia debería haber estado estrechamente vinculado con la guerra de liberación de la Unión Soviética, ya que la esperanza de todos los pueblos y su liberación en cuanto a lo que el factor externo se refiere, descansaba precisamente en ese frente.

Las dudosas tendencias del liderazgo titoista que se dirigían contra la Unión Soviética se hicieron cada vez más evidentes en la víspera de la victoria sobre el fascismo cuando el Ejército Rojo, en la persecución del ejército alemán, entró en Yugoslavia para ayudar a la guerra de liberación nacional allí. Especialmente en el momento en que las conclusiones de esta gran guerra estaban siendo alcanzadas entre los grandes y pequeños Estados involucrados, se hizo evidente que la Yugoslavia titoista había sido apoyada por el imperialismo británico y el imperialismo estadounidense. En ese momento, las fricciones diplomáticas e ideológicas entre la Unión Soviética y Yugoslavia se hicieron más evidentes. Estas fricciones fueron, entre otras cosas, por cuestiones territoriales. Yugoslavia reclamó territorios en el norte, sobre todo en su frontera con Italia. Pero ellos guardaron silencio sobre sus fronteras meridionales, especialmente con su frontera con Albania; sobre Kosovo y los territorios albaneses en Macedonia y Montenegro. Los titoistas no podían hablar de esto, porque se habría violado la plataforma chovinista de los nacionalistas serbios. [La actitud de los revisionistas yugoslavos sobre esta cuestión es analizada detalladamente en la obra: Enver Hoxha; Los Titoistas, 1982 – Anotación de E. H.]

Diferencia entre los marxistas y los anarquistas


«1) En que los primeros, proponiéndose como fin la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado; mientras que los segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las que puede lograrse esta destrucción.

2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya completamente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, según el tipo de la Comuna; mientras que los segundos, abogando por la destrucción de la máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y cómo éste ha de emplear el poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria.

3) En que los primeros exigen que el proletariado se prepare para la revolución utilizando el Estado moderno, mientras que los anarquistas niegan esto». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la Revolución, Agosto a septiembre de 1917)

domingo, 25 de octubre de 2015

Curiosidades varias del gobierno sandinista de los 80 que indican que no había ni pizca de socialismo ni de marxismo-leninismo entre sus dirigentes; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

Jaime Wheelock, Sergio Ramírez y Daniel Ortega; 1984
«Si el lector nos ha seguido detenidamente hasta este punto, alguno podría pensar que la tendencia FSLN (Proletaria) de Jaime Wheelock pudiera haber sido una tendencia marxista-leninista; pero como hemos anticipado eso nunca fue así. Los líderes de esta facción no se diferenciaban en demasiado ideológicamente a los partidos simpatizantes con el revisionismo soviético como el Partido Socialista Nicaragüense (PSN) o el Partido Comunista de Nicaragua (PCN) –una escisión del anterior–, pero claro, como estos, se notaba un lenguaje más acorde con el marxismo-leninismo que el de los líderes de otras tendencias. Como dijimos, los líderes del FSLN (Proletaria) se plegaron sin más a los líderes del FSLN (Tercerista) que fueron quienes agruparon en torno así la mayoría del poder gubernamental y constituyeron la línea ideológica básica del FSLN ya con las tres tendencias unificadas. Jaime Wheelock sería un fiel seguidor de la línea de entonces, teorizando auténticas barbaridades que ni el más menchevique firmaría por sonrojo. Tomemos como referencia una entrevista suya en los 80 para ver tanto el desarrollo de la revolución sandinista como el componente ideológico de uno de sus máximos exponentes del ya partido gobernante, el FSLN:

«Entrevistador: ¿Cómo se concilia la revolución con la supervivencia de la burguesía?

Wheelock: Esto tiene que ver con la historia de Nicaragua y tal vez con la formación de muchos Estados del Tercer Mundo, en donde la propiedad de los medios de producción no coincide necesariamente con el poder político». (Gabriele Invernizzi/Francis Pisani/Jésus Ceberio; Sandinistas, 1986)

Esto es bastante absurdo. ¿Acaso en los Estados del «Tercer Mundo» no se cumple la regla marxista de que quién detenta el poder económico detenta tarde o temprano el poder político, que el primero predispone las facilidades para que las clases dominantes en ese campo capturen el segundo? Wheelock no solo estaba influenciado por el maoísmo en aceptar la existencia de tres mundos según esta bastarda teoría, sino que al igual que Mao Zedong no comprendía la relación entre economía y política:

«Si Mao Zedong se hubiera esforzado por entender a Karl Marx en vez de intentar enriquecer –léase deformar– su doctrina, le hubiera parecido evidente que en cualquier sociedad el poder pertenece a la clase que posee los medios de producción. Entendiendo esto se hubiera evitado formular una teoría utópica y reaccionaria, que coloca en pie de igualdad a explotados y explotadores, clamando lo mucho que estos últimos estaban «oprimidos» por el capital extranjero, para enmascarar el carácter anticolonial nacionalista-burgués de la «nueva democracia». Tratando con su «nueva democracia» con pura sofistería, Mao Zedong en ningún momento plantea de forma clara y concreta la pregunta de todo marxista de: ¿democracia para qué clase? ¡Desde luego al respecto, cualquier marxista tiene derecho a preguntar precisamente cual será el lugar de la clase obrera y el campesinado en la «nueva democracia» cuando la burguesía nacional sigue manteniendo su poder económico! (…) Mao Zedong intentó aislar la esfera de la economía de la esfera de la política, lo que es antimarxista. ¿El poder político puede ser compartido en pie de igualdad por «varias clases revolucionarias», si una de estas clases tiene en poder los medios de producción y de reproducción de su existencia cuando estos medios les faltan a las clases que producen la riqueza, la clase obrera y el campesinado trabajador en este caso? Los marxistas sólo pueden responder a esta pregunta negativamente». (Vincent Gouysse; El socialismo de características china: ¿socialismo o nacionalismo burgués; 2007)

El entrevistador muy inteligentemente continua preguntando cuestiones que ponen en entredicho al entrevistado:

«Entrevistador: ¿Pero un capitalista siempre es capitalista, o no?

Wheelock: (…) Si ellos están dispuestos a respetar el poder, ya no digamos al FSLN, sino una estructura popular de poder, si están de acuerdo en ser factores de producción, factores de progreso y en compartir con la revolución la suerte de pasar por todas las vicisitudes que significa ser productores en un país dependiente, entonces nosotros no tenemos ningún problema con el que detenta los medios de producción.

Entrevistador: ¿Por qué?

Wheelock: Porque el que detenta los medios de producción aquí, en estas condiciones, es un hombre que está dispuesto de la noche a la mañana a pasar a la ruina». (Gabriele Invernizzi/Francis Pisani/Jésus Ceberio; Sandinistas, 1986)

¿Una línea o dos líneas?; Stalin, 1929


«El problema fundamental, camaradas, es si en nuestro partido existe una línea general común o si tenemos dos líneas.

Rýkov decía aquí, en su discurso, que tenemos una sola línea general, y que si existen ciertas discrepancias «de poca monta», es porque hay «matices» en la manera de concebir la línea general.

¿Es cierto eso? Por desgracia, no lo es. Y no sólo no es cierto, sino que es todo lo contrario de la verdad. En efecto, si tenemos una sola línea y entre nosotros existen únicamente cuestiones de matiz, ¿por qué Bujarin ha acudido a los trotskistas de ayer, que acaudilla Kámenev, tratando de formar con ellos un bloque fraccional contra el Comité Central y su Buró Político? ¿No es, acaso, un hecho que Bujarin dijo allí que la línea del Comité Central era «catastrófica» y habló de discrepancias de principio de Bujarin, Tomski y Rýkov con el Comité Central del partido y de la necesidad de cambiar radicalmente el Buró Político del Comité Central?

Si la línea es una, ¿por qué conspiraba Bujarin con los trotskistas de ayer contra el Comité Central y por qué Rýkov y Tomski le apoyaron en este asunto?

Si la línea general es una, ¿cómo se puede admitir que una parte del Buró Político, si se atiene a esa línea general común única, haga una labor de zapa contra otra parte del Buró Político, que se atiene a la misma línea general?

¿Acaso puede admitirse esa política de tránsfugas cuando existe una línea general común?

Si la línea es una, ¿cómo puede concebirse la declaración de Bujarin del 30 de enero, dirigida toda, ella contra el Comité Central y su línea general?

Si la línea es una, ¿cómo puede concebirse la declaración de los tres –Bujarin, Rýkov y Tomski– del 9 de febrero, acusando descarada, grosera y calumniosamente al partido:

a) de seguir una política de explotación militar-feudal del campesinado;

b) de seguir una política de fomento del burocratismo y;

c) de seguir una política de descomposición de la Komintern?

¿Han desaparecido, acaso, estas declaraciones? ¿Acaso se las considera ahora erróneas? ¿Acaso Rýkov, Bujarin y Tomski están conformes con retirar esas declaraciones, erróneas y antipartido a todas luces? Que nos lo digan, pues, sincera y honradamente. Todo el mundo verá entonces claro que nuestra línea es una y que entre nosotros no hay sino insignificantes diferencias de matiz. Pero no han querido hacerlo así, según se desprende de los discursos de Bujarin, Rýkov y Tomski. Y además denegarse a hacerlo, no tienen el propósito de renunciar en el futuro a esas declaraciones, pues insisten en que siguen manteniendo los puntos de vista expuestos en ellas.

viernes, 23 de octubre de 2015

Apologistas y defensores del régimen explotador; Nesti Karaguni, 1984

Alexei Kosygin, Leonid Brezhnev y Nikolai Podgorny en 1972 

«La teoría marxista-leninista argumenta y la práctica ha probado que las transformaciones revolucionarias socialistas en la base económica, es decir en las relaciones de producción, y en numerosos campos de la superestructura, comienzan a operarse únicamente con la instauración de la dictadura del proletariado. Esta, de manera consciente y organizada, bajo la dirección del auténtico partido marxista-leninista de la clase obrera y apoyada en las leyes objetivas del desarrollo social, aplica profundas y amplias medidas revolucionarías para la liquidación del viejo régimen económico-social opresor y explotador y para la construcción de la sociedad socialista sin clases explotadoras, como primera fase de la construcción de la sociedad sin clases, el comunismo.

En oposición a estas enseñanzas sobre la dictadura del proletariado, como primer e imprescindible acto de la revolución socialista, así como sobre su papel determinante para la realización de transformaciones socialistas en la base económica y en la superestructura, los revisionistas soviéticos, en sus teorías sobre la «vía no capitalista de desarrollo» y de «orientación socialista» hacen hincapié principalmente en las reformas económicas.

Con la pretensión de que supuestamente «la lucha de los pueblos por la verdadera liberación social pasa cada vez más por la esfera de la economía», los revisionistas soviéticos tratan de crear una idea de que para pasar al socialismo debemos comenzar no con la instauración de la dictadura del proletariado, sino con transformaciones en el terreno económico, que realizaría gradualmente el Estado existente, a través de una infinita serie de fases o etapas de transición. Este Estado, al que califican de democrático revolucionario y en el que el poder está supuestamente en manos del pueblo trabajador, estaría dispuesto y en condiciones de realizar, según ellos, profundas transformaciones en todos los terrenos de la vida y de crear las premisas imprescindibles para realizar también la «transición al socialismo».

El modo en que tratan el problema del Estado los revisionistas soviéticos es enteramente antimarxista y burgués, tanto en la teoría, como en política. Son numerosos los hechos que demuestran que, independientemente de ciertas reformas de carácter democrático general realizadas en los países ex coloniales y en vías de desarrollo, en ellos predomina la propiedad privada sobre los medios de producción, tanto bajo la forma de propiedad de capitalistas particulares o de grupos de capitalistas, como bajo la forma del capitalismo monopolista de Estado. El poder político en estos países se halla en manos de las clases burguesas y feudales y en muchos de ellos incluso en las de las camarillas más reaccionarias, antes asociadas a los imperialistas, que oprimen y explotan al proletariado y a las masas trabajadoras. Las clases dominantes, en general, están estrechamente ligadas al imperialismo estadounidense, al socialimperialismo soviético o a otros imperialismos, cuyo capital, como evidencian los hechos, mantienen aún importantes posiciones en la economía de dichos países, y, de una u otra forma, se imponen incluso en su política. Es natural que este Estado y toda la superestructura erigida sobre la base económica y que es reflejo de ella, independientemente de los calificativos que puedan merecer, protegen la propiedad privada sobre los medios de producción, las relaciones económicas levantadas sobre aquéllas y está al completo servicio de las clases dominantes.